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Tiempo.

El tiempo pasa sin detenerse a mirar atrás, convirtiéndose en recuerdos en nuestras memorias y dejando a su paso hechos concretos que nunca más podrán ser modificados.

Lo que fue, ha sido y no hay marcha atrás. Lo que es, dura menos que un instante y se nos pierde en el “por siempre”. Lo que será, no es más que una promesa que quizás no llegue a suceder.

El tiempo, que continuamente nos falta entre tantas prisas, el que pasa veloz y nos consume segundo a segundo. El tiempo que nos queda, el que no disfrutamos.

El tiempo que no siempre cura todas las heridas ni cierra capítulos inconclusos en nuestras vidas. El mismo que se escapa con cada letra digitada, una a una, para formar cada palabra en este texto.

El tiempo que se nos regala para ser, decir o hacer y que pocas veces usamos sabiamente. El que quisiéramos para hacer lo que en verdad nos gusta y tener de sobra para estar con quienes extrañamos.

El tiempo, esa magnitud matemática que a fin de cuentas no nos pertenece, que no es eterna y por tanto se acabará algún día para cada uno de nosotros, no pasa de ser una línea que recorremos entre dos puntos; el de partida y el del final.

Hay un tiempo para nacer, para reír, para soñar, para cumplir metas, para llorar, para pedir perdón y otro para pensar. Hay un tiempo para olvidar, para esperarlo todo, un tiempo para callar y otro para ser escuchado. Hay un tiempo para dar un abrazo, para dormir, para trabajar y otro para no hacer nada…

¿Por qué olvidamos a veces que también hay un tiempo para morir?

Septiembre 27 del 2011; el día que se acabó el mundo y continuó...

Anoche me dormí temprano después de un día agotador. En realidad, ya llevo muchos días agotadores, el sueño es cada vez mayor y mi mente está siempre ocupada pensando en las cosas que tengo que hacer mañana y en las que quedaron pendientes hoy.

Que no se me olvide saludar a mi prima Kelly que mañana está de cumpleaños. Tengo que llamar a la compañía eléctrica para que reponga el tendido eléctrico de mi casa, debo llevar mi notebook al trabajo porque tengo que trabajar para el acto del 30 de este mes y necesito programas que tengo ahí instalados -pensaba mientras todo se iba a negro en mi cabeza-.

Pues bien, resulta que hoy desperté y a los pocos minutos recordé que ayer se había acabado el mundo. Me lo advirtieron mis compañeros de labores, mis contactos de Facebook y hasta en la edición central de las noticias -y todo por culpa de la alineación del cometa Elenin descubierto en diciembre del 2010-, lo que no recordé hasta hoy que me disponía ya a salir de la casa rumbo al trabajo.

Noté por fin que no morí en el anunciado desastre y que estar en pie nuevamente significaba que tenía ante mí estaba una nueva era, un nuevo comienzo y por ende, una nueva vida. Quizás en esta me irá mejor.

Con el paso de las horas, las tareas pendientes de ayer y las que debía completar durante este día reaparecieron. Me llamó a medio día a mi teléfono celular una mujer del “Lider”, para contarme que ya que tenía la tarjeta de crédito del supermercado podía tomar un súper seguro de vida a muy bajo costo y que convertiría en millonarios a mis herederos. Corrí para tener las invitaciones listas para el acto del 30 al que están invitados el Alcalde y los Concejales de mi pueblo y mi amigo Félix, me recordó por mail que debo quitar la voz de un tema folclórico para que la cante no se quién en el Campeonato Nacional de Cuecas de la comuna vecina de Retiro. En las noticias siguen hablando de corrupción, delincuencia, guerras… Esta nueva oportunidad para la humanidad, más espiritual y simple que prometían los videntes y eruditos de las estrellas, no parece ser muy diferente al anterior.

Concluyo, cuando ya son exactamente las 23:00 hrs. del día después, que no me está gustando nada este nuevo mundo; se asemeja tanto al que se acabó ayer.

Al parecer, Salfate -en sus chabacanas teorías apocalípticas aprendidas en Youtube- se equivocó una vez más.


Salfate debería dedicarse a lo que realmente sabe hacer; ver películas Gore y de Anime Japonesas.

P.S. Dedicado a todos los crédulos y alarmistas del mundo, que especulan y ven cosas donde no las hay, pero especialmente a los que desperdician su tiempo esperando un final que sólo vendrá el día que tenga que llegar.

Dios, según Jelaluddin Rumi y yo.

En una sociedad en la que todos juzgan y creen tener la razón, en la que te dicen en que creer, que hacer, que es lo correcto y lo que no, a veces es bueno alejarse y encontrar otro punto de vista.

“Traté de encontralo en la cruz de los cristianos, palmo a palmo la examiné, pero Él no estaba allí. Fui al templo Hindú, a la antigua pagoda, pero en ninguno de ellos había huella alguna. Fui a las tierras altas del Herat, y a Kandahar, pero ni en la alturas ni en las profundidades fui capaz de encontrarle. Fui a la Caaba, en La Meca. Él no estaba allí tampoco. Pregunté por Él a los eruditos y filósofos, pero Él estaba mas allá de su conocimiento. Entonces, miré dentro de mi propio corazón. En ese, su lugar, lo vi. No se le puede encontrar en ningún otro lugar”.

Jelaluddin Rumi.

El texto pertenece a un poeta místico del siglo XIII y aparece en la carátula del disco "The cross of changes" de Enigma.

Hoy hablando con una mi amiga Karla, acerca de Dios y la manera en que las personas se han aprovechado de Él para beneficio propio o dictar normas para el resto, recordé este texto y pensé en publicarlo para dedicárselo a mis amigos de "Escoge", pero en especial a los que aún creen que Dios permanece clavado en la cruz, esperando ser admirado desde la primera fila los domingos en misa, pero no logran verlo VIVO en ellos mismos ni en quienes están cerca.

A veces los árboles no nos dejan ver como es todo el bosque.

"Ingenioso, irónico y cruel".

Hace unos días hablaba con mi jefa -la que coincidentemente es la madre de uno de mis mejores amigos de adolescencia- y, mientras terminábamos de subir una interminable cantidad de información a una de las webs del gobierno, recordaba que su hijo y yo teníamos una particular cosa en común; la ironía.

Recordé ahora mismo, escribiendo esto, que una amiga de mi pueblo me dijo alguna vez que mi sentido del humor era “ingenioso, irónico y cruel”, aunque me lo escribió en una tarjeta muy bonita y en un contexto de mucho cariño, lo que me causó mucha gracia en su momento.

Todo lo anterior, lo escribo porque hace una semana vinieron unos amigos de visita por el fin de semana. Uno de ellos trataba, sin éxito, de disparar bromas y comentarios que pudieran ponerme en aprietos, pero a cambio recibía de vuelta comentarios aún más ácidos y sarcásticos. Terminaba en cada intento aplastado y se veía en la obligación de parar, más de alguna vez un tanto molesto (lo notas en esa sonrisa un tanto forzada que se dibuja en la cara del que no tiene nada a mano para responder).

Tengo la costumbre - buena o mala no lo sé- de repeler las bromas con todo lo malo que conozco de las personas. Ridiculizo los discursos valóricos cuando me consta que son sólo palabras, me río en la cara del que trata de hacer bromas acerca de mi trabajo, creencias o modo de vida… y mis visitas no se han salvado.

El asunto de todo esto, es que en muchas ocasiones me han hecho el comentario de que a veces se me pasa la mano con las bromas y quizás, lo que para mí puede ser un muy buen chiste, puede estar hiriendo a alguien (vamos, que algunos se lo merecen) y yo no logro verlo. ¿Será que tienes razón, José Luís?

Mis preguntas ahora son: ¿Debo bajar el calibre de mis palabras, ser menos irónico y aprovecharme menos de los puntos débiles del resto para responder una broma? ¿Es bueno cambiar por agradar al resto, a riesgo de dejar de ser uno mismo?

Yo creo que es mejor ahorrarse el mal rato y no tirarme una broma que, seguramente, terminará explotando en las manos de quién lanzó la granada primero.

Todos aman los finales felices.

Con motivo de mi última ida al cine hace unos días, me fui en una de esas voladas existenciales y me puse a pensar en lo que pasa una vez que aparece la frase “The end” en una película.

Parece ser que todos aman los finales felices, esos en donde los protagonistas se van a fondo negro en un largo y esperado beso que tardó en llegar casi 2 horas, o por ver morir al malo de la historia, pagando por todas las explosiones de la trama, por la sangre derramada de gente inocente y viendo como se le escapa el triunfo en el cuadro final, justo, justo segundo antes de que los créditos de quienes trabajaron en la cinta aparezcan. Pero, ¿Qué hay después? ¿Siguen tan felices o, como en la vida real, algo nuevo y desconocido pasa? Supongo que por eso existen las segundas y terceras partes, ¿No?

Fuera del cine, el punto que define eso llamado “The end” parece no llegar nunca. Los que se casan, son padres, consiguen graduarse en la universidad y logran ese ascenso en el trabajo, cosas que esperaron toda su vida, el “final feliz”, no es más que el comienzo de un nuevo capítulo; una segunda parte, otra historia.

Hace dos días, Mario me llamó desde Bélgica para contarme acerca de sus proyectos, su día a día, lo apretado que está por las limitaciones idiomáticas, de dinero y contactos sociales. Decirme que hay días más malos que otros, pero que todo vale la pena, porque cada cosa que pasa es un nuevo aprendizaje.

Sin querer, dentro de la conversación, soltó una frase que me quedó dando vueltas y ha terminado por responder mi rollo, el que tenía hace ya un par de semanas: “Nada está dicho, todo está en movimiento”.

Esa simple frase resume para mí el presente y el futuro. Lo que hacemos, decimos, todo tiene una consecuencia y genera un cambio de dirección en nuestro camino y en el de los demás. Todo es incierto y las probabilidades de éxito siempre son pocas, pero que hay que seguir tirando hacia adelante, porque puede que todo termine valiendo la pena.

¿Quién sabe si con esfuerzo, constancia y quizás con un poco de suerte también, consigamos nuestro anhelado y merecido “Happy end”?

Espero fervientemente que no seamos más que simples personajes secundarios, que entran y salen de la historia, en esta gran película llamada “La Vida”.
 

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