
El tiempo pasa sin detenerse a mirar atrás, convirtiéndose en recuerdos en nuestras memorias y dejando a su paso hechos concretos que nunca más podrán ser modificados.
Lo que fue, ha sido y no hay marcha atrás. Lo que es, dura menos que un instante y se nos pierde en el “por siempre”. Lo que será, no es más que una promesa que quizás no llegue a suceder.
El tiempo, que continuamente nos falta entre tantas prisas, el que pasa veloz y nos consume segundo a segundo. El tiempo que nos queda, el que no disfrutamos.
El tiempo que no siempre cura todas las heridas ni cierra capítulos inconclusos en nuestras vidas. El mismo que se escapa con cada letra digitada, una a una, para formar cada palabra en este texto.
El tiempo que se nos regala para ser, decir o hacer y que pocas veces usamos sabiamente. El que quisiéramos para hacer lo que en verdad nos gusta y tener de sobra para estar con quienes extrañamos.
El tiempo, esa magnitud matemática que a fin de cuentas no nos pertenece, que no es eterna y por tanto se acabará algún día para cada uno de nosotros, no pasa de ser una línea que recorremos entre dos puntos; el de partida y el del final.
Hay un tiempo para nacer, para reír, para soñar, para cumplir metas, para llorar, para pedir perdón y otro para pensar. Hay un tiempo para olvidar, para esperarlo todo, un tiempo para callar y otro para ser escuchado. Hay un tiempo para dar un abrazo, para dormir, para trabajar y otro para no hacer nada…
¿Por qué olvidamos a veces que también hay un tiempo para morir?



